Mort
A uno le gustaría que la muerte fuera ese personaje de Terry Pratchett,
algo cabroncete, pero con un puntillo de honra profesional, y cuyo afán
del deber bien cumplido no le impide mantener una conversación de lo
más mundana mientras te lleva hacia la otra orilla.
Sin embargo, la muerte llega en forma de congregación silenciosa tras
un féretro, hacia el camposanto. Llega en el pasmo de los espectadores
ante el ritual del dolor. En la organización de avisos y comunicaciones
familiares, coronas funerarias, esquelas, y todo aquello que contribuya
a mantener el juego de los vivos, la ocupación insistente, para eludir
la soledad del difunto.
Intento explicarte todo esto para que comprendas mi tristeza. No soy
capaz. No deseo salpicarte con las negruras de mis muertos. Tú ya
sabes. Sabes que era un amigo, un hombre bueno, y que el mundo continúa
dando vueltas cada vez más ligero.
Tan sólo acierto a estrecharte para esconder mi gesto de angustia, y
olerte tan viva, tan limpia de sombras y ambigüedades, que la realidad
de ahí fuera queda encogida en el recuerdo más evitable.
Para mi amigo
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.
En el principio era la juventud. Y era tierna, y uno esperaba que el cielo siempre estuviera arriba, y el suelo bajo los pies firmes. Y todo, el suelo, el cielo, el horizonte, todo, podría alcanzarse siempre que a uno le viniera en gana. En el principio, el anochecer era una promesa de amigos esperando en el bar de siempre para iniciar la búsqueda de romances tempestuosos y emocionantes, y en la madrugada los gatos pardos, sobre todo las gatas, finalmente no eran todas iguales.
Más adelante, pero poco más, se abrieron en el conocimiento las estrechas rendijas de la duda, alentadas por una señora de luto llamada Responsabilidad y otra con cara de estúpida que se apellidaba Madurez. Y se instaló por adentro la humedad, el desasosiego, la presencia imprevista de un futuro inquieto que exigía ser definido con firmeza. Por esas mismas esclusas se colaron de a poquito amigos, dos, tres, de los que van quedando, como la última hoja que se resiste al paso del otoño, sólo que entonces eran frescos y a la vez, extrañamente, eran uno mismo. De esta manera, no se precisaban espejos para que la intimidad se relajara en compañía de otros pareceres, de esos como nosotros que un día, todos lo sabíamos, marcharían con el mismo gesto entrañable de siempre.
Hoy. Ya es hoy. Y llueve. Por eso escribo esto. Porque en el principio era la juventud. Y hoy, de alguna manera, aunque todavía según los cánones sociales y los baremos de los biólogos, personólogos y el resto de intelectuales bien dotados, soy joven, aún así, hace apenas unos minutos no he podido dejar de sentir el aliento de la estúpida quietud, de la casi indiferente nostalgia, que precede a las despedidas definitivas.
Y por eso escribo hoy. Porque es mi manera de brindar por aquellas risas entre vinos, por las noches de ojeras, de alcohol, de mujeres hermosas que nos acariciaban la timidez con su mirada. Por aquellos tiempos, compañero, en que las distancias eran inútiles, porque andábamos como hermanos, y poco más que una mierda nos importaba si el sol salía por el este o por el sur, o por debajo de la cama de aquella hermosa morena. Porque, sí, hoy he tomado mi última copa contigo, compañero, y he descubierto que estás tan viejo como yo. Que aquellos lugares ya inaccesibles retornan y se hacen silencios incómodos. Y brindo, qué coño, porque a pesar de que al final nos dejamos vencer, como era inevitable, por un tiempo muy cabrón de días y horas que nos determinan queramos o no, porque a pesar de ello, aún podemos mirarnos bien de frente a los ojos, y descubrir, allá en el fondo, en ese brillo de complicidad, los que fuimos un día. Los que jamás volveremos a ser.
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