hablamos de tu fuerza
Me gustaría que todo fuera tan sencillo
como decir que me fascina tu fuerza.
Que no mueves montañas,
ni falta que hace,
No obstante, sin sacar las manos de los bolsillos
separas las tristezas pares de las impares,
las que le invitan a uno al insomnio irrevocable
de las que se esfuman solamente tratando
el arte de la sonrisa.
Y luego las archivas, todas ellas, en olvidos intercambiables
con gran espíritu práctico.
Tu fuerza tiene la agradable costumbre
de sujetarme y caminarme hasta el hogar
más próximo.
Y es más: apenas los días comienzan
a descubrirse como un interminable ir y volver
de cuartos, y medias y en puntos,
y los relojes superan el punto-de-no-retorno
te empeñas en retornar la rutina hasta el punto
invisible de los inicios, ya sabes, en enormes playas
cubiertas de arena fina, de primeras palabras y de regresos.
Por eso, aunque no mueve montañas,
me fascina tu fuerza:
Esa terrible diablura que me saca la sonrisa
de allá donde esté escondida,
cuando me burlas, cuando te dejas perseguir
y justo en el momento en que te atrapo, me atrapas.
Esa risa que avanza como la infantería borracha
de la alegría,
que avanza y avanza, y no puede disimular
la fuerza que la empuja y empuja,
la fuerza que me observa desde el fondo de tu mirada
tan ajena a todo, tan seria.
Tan hermosa.
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