noche de viernes
Ocurrió el milagro, y no sé muy bien cómo. Pongamos que te encontré como un princesa desvalida, en un alto castillo guardado por doce dragones de doce colas. Pongamos que debí vencer todas las dificultades, a riesgo de mi vida, para liberarte de tu habitación con ventana de arco apuntado, para alcanzarte la libertad en nombre de altos valores, quién sabe cuáles, de esos que solamente un caballero sobre alto corcel puede mantener.
En realidad, fue un poco más sencillo. Para empezar, yo no tenía corcel. Todo lo más, un auto pequeñito con el que eliminaba las distancias y las cirscunstancias, en la medida de mis posibilidades. Tampoco existieron altos valores caballerescos. En realidad, solamente tuve la lectura de tu piel en fines de semana, en días perdidos entre las lluvias del invierno que iba contando nuestra historia, en endecasíalbos de rima asonante, sin dramatismos, pero con una enorme luna con una mirada tan buena como la de tus ojos.
Y ahora quiero darte el mundo en una mano, y en la otra, un poquito de chocolate. Y ahora, que estás aquí a mi lado, mi mayor deseo es que cada día continúe igual, que tu piel se mantenga tan cerquita, que la luna de mis poemas se mantenga en tu mirada igual que ahora mismo.
Lo que yo quiero es arruinar las metáforas, destruir los poemas, nada de verso y sonajero; solamente me importa decirte que mi único deseo es que estés conmigo, arruinando los cotidianos del tráfico y las facturas. Como ahora mismo, te das cuenta, en que me esperas entre las sábanas. Sin teorías estériles. Sólo tú y esta noche, y la piel de los dos contando las verdades que no están escritas en ningún lado. Sólo tú y yo esta noche. Y siempre.
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