participio perfecto
La vida es inmensa. Cada movimiento decide los que llegarán a continuación. No existe un paso que no abra un nuevo camino. Y es por esto, que no puedo soportar el vértigo al calibrar todas las posibilidades que han existido para que no te conozca, para que finalmente, hace ya casi un año, no hubieras asomado tu mirada de niña inocentemente malvada, tu mirada y tu voz, y todos tus “tus” que ya lo sabes -bien lo sabes- me tienen atrapado en la más hermosa prisión que jamás hubiera podido imaginar. Todos los errores, todo el dolor, la espera de ilusiones que jamás llegaron, toda la juventud -la de verdad, no la cronológica- que se fue al garete porque de verdad existen las calles en sombras, todo lo doy por bueno, por merecido, si finalmente pude encontrarte para que me acompañes en el resto del camino. Y bien, si no en el resto, mientras nos apetezca.
La vida es inmensa. Qué bien huele tu piel. Dos grandes verdades irrenunciables.
Y hoy que cumples años, debes perdonarme. Porque quiero celebrarte en mi vida más que ninguna otra cosa, más que tus aniversario de nacimiento. Deseo celebrar las verdades que nos pusieron un día frente a frente. Deseo celebrar aquella noche en que te acompañé hasta un portal de adiós, hastalavista, quetevayabien, y contra todo pronóstico doblé un recodo en tu perfume, y encontré la piel de tu cuello -qué bien huele tu piel- junto a mis labios. Voy a celebrar aquella noche, y que hoy cumples tus años, y que no tenemos tarta, pero sabes, tampoco tenemos la ropa encima. Así que ahora mismo voy a dejar de escribir estas letras, bajaré unas escaleras hasta encontrarte ocupada, concentrada, y voy a tratar de desocuparte y desconcentrarte con la infantería afanosa que espera en la punta de mis dedos.
Porque hay que celebrarlo.
Feliz cumpleaños, mi vida.
Te miro.
La noche llena de pinceles
deja su luz en tu cintura.
Estas hecha de frutas.
Brillas manzana
hueles limón
labios naranja
durazno tu piel almibarada.
Bebo de tu hondura y ebrio
de vino derramado
no sé qué hacer con tantos besos
y te miro.
Gabriel Impaglione
Para mi amigo
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.
En el principio era la juventud. Y era tierna, y uno esperaba que el cielo siempre estuviera arriba, y el suelo bajo los pies firmes. Y todo, el suelo, el cielo, el horizonte, todo, podría alcanzarse siempre que a uno le viniera en gana. En el principio, el anochecer era una promesa de amigos esperando en el bar de siempre para iniciar la búsqueda de romances tempestuosos y emocionantes, y en la madrugada los gatos pardos, sobre todo las gatas, finalmente no eran todas iguales.
Más adelante, pero poco más, se abrieron en el conocimiento las estrechas rendijas de la duda, alentadas por una señora de luto llamada Responsabilidad y otra con cara de estúpida que se apellidaba Madurez. Y se instaló por adentro la humedad, el desasosiego, la presencia imprevista de un futuro inquieto que exigía ser definido con firmeza. Por esas mismas esclusas se colaron de a poquito amigos, dos, tres, de los que van quedando, como la última hoja que se resiste al paso del otoño, sólo que entonces eran frescos y a la vez, extrañamente, eran uno mismo. De esta manera, no se precisaban espejos para que la intimidad se relajara en compañía de otros pareceres, de esos como nosotros que un día, todos lo sabíamos, marcharían con el mismo gesto entrañable de siempre.
Hoy. Ya es hoy. Y llueve. Por eso escribo esto. Porque en el principio era la juventud. Y hoy, de alguna manera, aunque todavía según los cánones sociales y los baremos de los biólogos, personólogos y el resto de intelectuales bien dotados, soy joven, aún así, hace apenas unos minutos no he podido dejar de sentir el aliento de la estúpida quietud, de la casi indiferente nostalgia, que precede a las despedidas definitivas.
Y por eso escribo hoy. Porque es mi manera de brindar por aquellas risas entre vinos, por las noches de ojeras, de alcohol, de mujeres hermosas que nos acariciaban la timidez con su mirada. Por aquellos tiempos, compañero, en que las distancias eran inútiles, porque andábamos como hermanos, y poco más que una mierda nos importaba si el sol salía por el este o por el sur, o por debajo de la cama de aquella hermosa morena. Porque, sí, hoy he tomado mi última copa contigo, compañero, y he descubierto que estás tan viejo como yo. Que aquellos lugares ya inaccesibles retornan y se hacen silencios incómodos. Y brindo, qué coño, porque a pesar de que al final nos dejamos vencer, como era inevitable, por un tiempo muy cabrón de días y horas que nos determinan queramos o no, porque a pesar de ello, aún podemos mirarnos bien de frente a los ojos, y descubrir, allá en el fondo, en ese brillo de complicidad, los que fuimos un día. Los que jamás volveremos a ser.
noche de viernes
Ocurrió el milagro, y no sé muy bien cómo. Pongamos que te encontré como un princesa desvalida, en un alto castillo guardado por doce dragones de doce colas. Pongamos que debí vencer todas las dificultades, a riesgo de mi vida, para liberarte de tu habitación con ventana de arco apuntado, para alcanzarte la libertad en nombre de altos valores, quién sabe cuáles, de esos que solamente un caballero sobre alto corcel puede mantener.
En realidad, fue un poco más sencillo. Para empezar, yo no tenía corcel. Todo lo más, un auto pequeñito con el que eliminaba las distancias y las cirscunstancias, en la medida de mis posibilidades. Tampoco existieron altos valores caballerescos. En realidad, solamente tuve la lectura de tu piel en fines de semana, en días perdidos entre las lluvias del invierno que iba contando nuestra historia, en endecasíalbos de rima asonante, sin dramatismos, pero con una enorme luna con una mirada tan buena como la de tus ojos.
Y ahora quiero darte el mundo en una mano, y en la otra, un poquito de chocolate. Y ahora, que estás aquí a mi lado, mi mayor deseo es que cada día continúe igual, que tu piel se mantenga tan cerquita, que la luna de mis poemas se mantenga en tu mirada igual que ahora mismo.
Lo que yo quiero es arruinar las metáforas, destruir los poemas, nada de verso y sonajero; solamente me importa decirte que mi único deseo es que estés conmigo, arruinando los cotidianos del tráfico y las facturas. Como ahora mismo, te das cuenta, en que me esperas entre las sábanas. Sin teorías estériles. Sólo tú y esta noche, y la piel de los dos contando las verdades que no están escritas en ningún lado. Sólo tú y yo esta noche. Y siempre.
mi novia quiere un ataud
… para dormir cada noche. Yo, haciéndome el loco, le regalo este poema:
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
Jaime Sabines
canciones
Hoy desperté a las 6.10 a.m.
y estabas a mi lado.
Regresé a casa a las 15.20 p.m.
Y estabas a mi lado,
pero no estabas.
Tu silencio arrastra las sombras
de antiguos fracasos hasta mis talones, y esta vez,
me prometo, esta vez no.
Te quiero feliz, pero no sé en qué
parte me encuentro de este plano inmenso
de locos, sordos, de este
enorme mundo de hijos de puta.
Yo te traería la luna lunera, o el sol,
o la playa paradisíaca de la que siempre
sueñas.
Te pondría entre las manos el amanecer
de un día prometedor, con todo por llegar.
Sin embargo, lo único que me importa
ahora mismo
siempre
es que de nuevo,
siempre,
me beses, y sonrías,
y cantes mientras cumples
con los agotadores cotidianos
como tú haces, como
siempre
has hecho,
derrotando a este puto mundo
con la fuerza de tus canciones.
Las canciones. Quiero tus canciones.
No tu silencio.
lo que deseo contarte antes de dormir
Antes de dormir, deseo contarte
que he llegado al claro convencimiento
de que en esta vida, después de todo,
disfrutar de la sencillez de sucesos
como la suavidad de tus dedos
o de la respuesta rápida de tu sonrisa
ante todo,
es el remedio eficaz contra los relojes
las corbatas, las facturas y toda esa mierda
que pretende conquistarnos los días y las horas.
Tú, mi vida, eres algo más que una razón para vivir.
Eres esta noche completa, desde que se va el sol
hasta la mañana. Eres estas líneas, y el tiempo
que pasa entre ellas.
Antes de dormir, deseo contarte
que he llegado al claro convencimiento
de que el hecho de mi inmerecimiento
del calor tuyo entre las sábanas,
de la eterna rebeldía de tus ricos rizos
sobre la almohada,
o del naufragio de mis defensas
frente a tu sencillez,
he llegado al claro convencimiento, te digo,
de que todo ello es un claro antídoto
contra el tiempo de los ahogos,
de las demandas desmedidas,
o de los espacios sin vistas al exterior.
Buenas noches, mi vida. Hasta mañana.
ollos acastañados

Ollos verdes son traidores,
azules son mentireiros,
negros e acastañados son firmes
e verdadeiros
Pepe Hierro, después de todo
Lo hemos vuelto a traer, y mira al mar. Se llama Pepe Hierro, o así lo llamábamos sus paisanos. Tuve oportunidad de observarlo en sus últimos tiempos, sentado en su silla, charlando con las personas que se acercaban hasta él.
Ahora mira hacia la bahía más hermosa del mundo, su verdadera amante, como lo fue, es y será para muchos otros.
Uno de sus poemas más conocidos:
VIDA
A Paula Romero
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
Charles Bukowsky
Quiero presentarte a Charles Bukowsky. Algunos llaman a sus versos “poesía salvaje” por su rotundidad y franqueza sin complejos. Pero si aprovechas bien, y sabes mirar, entre sus líneas se aprecia el desdén a los rodeos inútiles, a los formalismos sociales, al poema de la luna llena y de los cabellos de oro, y demás pamplinas estéticas. Los escritos de Bukowsky huelen a alcohol viejo, a calles en penumbra, y sobre todo, a habitaciones solitarias, pese a la compañía. Esta tarde me apetece regalarte un buen poema de Charles Bukowsky, que se titula
Acto creativo
Por el huevo roto en el suelo
Por el 5 de julio
Por el pez en la pecera
Por el viejo de la habitación nº 9
Por el gato sobre el muro
Por ti mismo
No por la fama
Ni por el dinero
Tienes que seguir luchando
Cuanto te haces viejo
Disminuye el atractivo
Es más fácil cuando se es joven
Cualquiera puede alcanzar
Las alturas alguna que otra vez
La clave consiste en
Resistir
Cualquier cosa que sirva
Para que
Esta vida siga bailando
Frente a
Doña Muerte.
Charles Bukowsky
-
Recientes
-
Enlaces
-
Archivos
- Septiembre de 2009 (1)
- Junio de 2009 (1)
- Enero de 2009 (1)
- Julio de 2008 (1)
- Junio de 2008 (1)
- Mayo de 2008 (10)
- Abril de 2008 (5)
-
Categorías
-
RSS
Subscripciones RSS
RSS de los Comentarios

