A un palmo del suelo
Como en la sala previa al quirófano,
me despido silenciosamente, por lo que pueda pasar,
mientras tu espalda se vuelve más espalda que nunca.
Apenas soy consciente de que te estoy buscando
en cualquier lugar donde no pueda encontrarte.
Las leyes de la física se empeñan en despegarse
de las suelas de mis zapatos,
y floto como un imbécil hasta la retroescena
de la realidad.
Ya no me importa tanto que un día y otro día
sea siempre el mismo. No me importa
que el sudor de corbata y convenio colectivo, y la sangre fría
de la nómina de fin de mes finalmente anudaran
mis dedos y convirtieran los anhelos en muñones
secos.
Sin embargo, no puedo permitir el silencio espeso
y preparado, la despedida de cuerpo presente,
tu mirada de verdugo y acerada atravesándome como
manteca blanda.
Sé que volverás, así lo haces siempre, como un mar
rizado y negro. Sabes seducir las distancias
hasta el punto en que falta el aire entre las bocas, cuando decidimos
que la solución óptima se encuentra a un palmo
del suelo, sobre un colchón ruidoso
respira
Respira.
Los días son iguales.
Mañana, quién sabe,
tal vez despiertes y el mundo
esté a medio caer.
Ya sabes, las ideas parecen de esparto,
se derrumba el aire y hasta el papel
de las paredes. Ya sabes cómo es.
Respira.
Respira, porque pese a que los ladrones
de días despejados
nos sacan de los bolsillos
las ganas de adelantar un pie y luego otro,
pese a ellos,
somos y podemos
y tenemos y atesoramos
y sabemos y somos y podemos
ser tú y yo. Tan sólo tú y yo
respirando.
Y tal vez, sólo tal vez,
esto sea suficiente.
Respira.
Y entonces, ya no necesitemos
más al mundo de allá fuera.
Mort
A uno le gustaría que la muerte fuera ese personaje de Terry Pratchett,
algo cabroncete, pero con un puntillo de honra profesional, y cuyo afán
del deber bien cumplido no le impide mantener una conversación de lo
más mundana mientras te lleva hacia la otra orilla.
Sin embargo, la muerte llega en forma de congregación silenciosa tras
un féretro, hacia el camposanto. Llega en el pasmo de los espectadores
ante el ritual del dolor. En la organización de avisos y comunicaciones
familiares, coronas funerarias, esquelas, y todo aquello que contribuya
a mantener el juego de los vivos, la ocupación insistente, para eludir
la soledad del difunto.
Intento explicarte todo esto para que comprendas mi tristeza. No soy
capaz. No deseo salpicarte con las negruras de mis muertos. Tú ya
sabes. Sabes que era un amigo, un hombre bueno, y que el mundo continúa
dando vueltas cada vez más ligero.
Tan sólo acierto a estrecharte para esconder mi gesto de angustia, y
olerte tan viva, tan limpia de sombras y ambigüedades, que la realidad
de ahí fuera queda encogida en el recuerdo más evitable.
kilómetros
En mi mapa del tesoro, queda claramente definido
que son quinientos kilómetros de largo camino.
Una vez llegado al punto correspondiente,
siempre bajo las coordenadas indicadas,
indica el procedimiento indicado
que hay que cavar, y acabar,
profundamente, hasta encontrar
la piel antes que el hueso.
Posteriormente,
y dejando a un lado mapa, planes y tesoros,
no he podido evitar reflexionar acerca
de los quinientos kilómetros,
así tan redondos,
y me he decidido a manifestar mediante este escrito
que me da tras la oreja, es decir, la intuición genuina,
que al fin y al cabo, los quinientos kilómetros
podrían ser
sal y sed
y agua de lluvia fresca
fragancia, mañana limpia y mierda,
amor, Sabines, facturas,
tu demanda, mi presencia, y más facturas,
mariposas y gusanos,
ausencias que enfrían la casa
y sábanas húmedas,
paredes asexuadas, el culebrón de sobremesa,
la salsa caribeña en tu cintura
y un despertador ubicado en mala hora.
Podrían ser.
Sin embargo, quinientos kilómetros es exactamente
la diferencia entre estar y ser,
en fin, puedo afirmar con exactitud
que quinientos kilómetros son algo más, y diferente,
a la distancia hacia ningún tesoro.
Antes bien, la respuesta evidente
a tal distancia
comprende la imposibilidad de conciliar
tu mirada de niña imposible
con la adulta voluntad, sensata y aceptada,
o la noche alzada más arriba de los sueños
con tu sueño y el mío.
Creo que después de todo esto
te ha quedado claro que es más sencillo
acercarme hasta tu lindo oído
y susurrarte que te quiero cerca,
y no a quinientos kilómetros,
así, tan lejos, que no puedo acercarme
a tu vestido de noche, de piel y ansiedades.
Resulta evidente que en ocasiones
decir te quiero, y te quiero cerca,
es más complicado de lo que parece.
Al fin y al cabo, yo no soy un poeta,
ni lo pretendo.
Tan sólo quiero que comprendas
que estas letras, son el mapa y el tesoro,
que te contienen, al igual que a la distancia,
que podría decirte al teléfono, sencillamente,
que te echo de menos.
Pero no debe ser así.
Te mereces estas letras.
Y un poema sobre distancias.
Y la luna, y el sol.
Y una historia sobre tesoros perdidos y encontrados,
y vueltos a perder.
Mientras tanto, yo te prometo firmemente, que mañana
estaré contigo.
Y mañana, está claro, es siempre.
participio perfecto
La vida es inmensa. Cada movimiento decide los que llegarán a continuación. No existe un paso que no abra un nuevo camino. Y es por esto, que no puedo soportar el vértigo al calibrar todas las posibilidades que han existido para que no te conozca, para que finalmente, hace ya casi un año, no hubieras asomado tu mirada de niña inocentemente malvada, tu mirada y tu voz, y todos tus “tus” que ya lo sabes -bien lo sabes- me tienen atrapado en la más hermosa prisión que jamás hubiera podido imaginar. Todos los errores, todo el dolor, la espera de ilusiones que jamás llegaron, toda la juventud -la de verdad, no la cronológica- que se fue al garete porque de verdad existen las calles en sombras, todo lo doy por bueno, por merecido, si finalmente pude encontrarte para que me acompañes en el resto del camino. Y bien, si no en el resto, mientras nos apetezca.
La vida es inmensa. Qué bien huele tu piel. Dos grandes verdades irrenunciables.
Y hoy que cumples años, debes perdonarme. Porque quiero celebrarte en mi vida más que ninguna otra cosa, más que tus aniversario de nacimiento. Deseo celebrar las verdades que nos pusieron un día frente a frente. Deseo celebrar aquella noche en que te acompañé hasta un portal de adiós, hastalavista, quetevayabien, y contra todo pronóstico doblé un recodo en tu perfume, y encontré la piel de tu cuello -qué bien huele tu piel- junto a mis labios. Voy a celebrar aquella noche, y que hoy cumples tus años, y que no tenemos tarta, pero sabes, tampoco tenemos la ropa encima. Así que ahora mismo voy a dejar de escribir estas letras, bajaré unas escaleras hasta encontrarte ocupada, concentrada, y voy a tratar de desocuparte y desconcentrarte con la infantería afanosa que espera en la punta de mis dedos.
Porque hay que celebrarlo.
Feliz cumpleaños, mi vida.
Te miro.
La noche llena de pinceles
deja su luz en tu cintura.
Estas hecha de frutas.
Brillas manzana
hueles limón
labios naranja
durazno tu piel almibarada.
Bebo de tu hondura y ebrio
de vino derramado
no sé qué hacer con tantos besos
y te miro.
Gabriel Impaglione
Para mi amigo
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.
En el principio era la juventud. Y era tierna, y uno esperaba que el cielo siempre estuviera arriba, y el suelo bajo los pies firmes. Y todo, el suelo, el cielo, el horizonte, todo, podría alcanzarse siempre que a uno le viniera en gana. En el principio, el anochecer era una promesa de amigos esperando en el bar de siempre para iniciar la búsqueda de romances tempestuosos y emocionantes, y en la madrugada los gatos pardos, sobre todo las gatas, finalmente no eran todas iguales.
Más adelante, pero poco más, se abrieron en el conocimiento las estrechas rendijas de la duda, alentadas por una señora de luto llamada Responsabilidad y otra con cara de estúpida que se apellidaba Madurez. Y se instaló por adentro la humedad, el desasosiego, la presencia imprevista de un futuro inquieto que exigía ser definido con firmeza. Por esas mismas esclusas se colaron de a poquito amigos, dos, tres, de los que van quedando, como la última hoja que se resiste al paso del otoño, sólo que entonces eran frescos y a la vez, extrañamente, eran uno mismo. De esta manera, no se precisaban espejos para que la intimidad se relajara en compañía de otros pareceres, de esos como nosotros que un día, todos lo sabíamos, marcharían con el mismo gesto entrañable de siempre.
Hoy. Ya es hoy. Y llueve. Por eso escribo esto. Porque en el principio era la juventud. Y hoy, de alguna manera, aunque todavía según los cánones sociales y los baremos de los biólogos, personólogos y el resto de intelectuales bien dotados, soy joven, aún así, hace apenas unos minutos no he podido dejar de sentir el aliento de la estúpida quietud, de la casi indiferente nostalgia, que precede a las despedidas definitivas.
Y por eso escribo hoy. Porque es mi manera de brindar por aquellas risas entre vinos, por las noches de ojeras, de alcohol, de mujeres hermosas que nos acariciaban la timidez con su mirada. Por aquellos tiempos, compañero, en que las distancias eran inútiles, porque andábamos como hermanos, y poco más que una mierda nos importaba si el sol salía por el este o por el sur, o por debajo de la cama de aquella hermosa morena. Porque, sí, hoy he tomado mi última copa contigo, compañero, y he descubierto que estás tan viejo como yo. Que aquellos lugares ya inaccesibles retornan y se hacen silencios incómodos. Y brindo, qué coño, porque a pesar de que al final nos dejamos vencer, como era inevitable, por un tiempo muy cabrón de días y horas que nos determinan queramos o no, porque a pesar de ello, aún podemos mirarnos bien de frente a los ojos, y descubrir, allá en el fondo, en ese brillo de complicidad, los que fuimos un día. Los que jamás volveremos a ser.
noche de viernes
Ocurrió el milagro, y no sé muy bien cómo. Pongamos que te encontré como un princesa desvalida, en un alto castillo guardado por doce dragones de doce colas. Pongamos que debí vencer todas las dificultades, a riesgo de mi vida, para liberarte de tu habitación con ventana de arco apuntado, para alcanzarte la libertad en nombre de altos valores, quién sabe cuáles, de esos que solamente un caballero sobre alto corcel puede mantener.
En realidad, fue un poco más sencillo. Para empezar, yo no tenía corcel. Todo lo más, un auto pequeñito con el que eliminaba las distancias y las cirscunstancias, en la medida de mis posibilidades. Tampoco existieron altos valores caballerescos. En realidad, solamente tuve la lectura de tu piel en fines de semana, en días perdidos entre las lluvias del invierno que iba contando nuestra historia, en endecasíalbos de rima asonante, sin dramatismos, pero con una enorme luna con una mirada tan buena como la de tus ojos.
Y ahora quiero darte el mundo en una mano, y en la otra, un poquito de chocolate. Y ahora, que estás aquí a mi lado, mi mayor deseo es que cada día continúe igual, que tu piel se mantenga tan cerquita, que la luna de mis poemas se mantenga en tu mirada igual que ahora mismo.
Lo que yo quiero es arruinar las metáforas, destruir los poemas, nada de verso y sonajero; solamente me importa decirte que mi único deseo es que estés conmigo, arruinando los cotidianos del tráfico y las facturas. Como ahora mismo, te das cuenta, en que me esperas entre las sábanas. Sin teorías estériles. Sólo tú y esta noche, y la piel de los dos contando las verdades que no están escritas en ningún lado. Sólo tú y yo esta noche. Y siempre.
mi novia quiere un ataud
… para dormir cada noche. Yo, haciéndome el loco, le regalo este poema:
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
Jaime Sabines
canciones
Hoy desperté a las 6.10 a.m.
y estabas a mi lado.
Regresé a casa a las 15.20 p.m.
Y estabas a mi lado,
pero no estabas.
Tu silencio arrastra las sombras
de antiguos fracasos hasta mis talones, y esta vez,
me prometo, esta vez no.
Te quiero feliz, pero no sé en qué
parte me encuentro de este plano inmenso
de locos, sordos, de este
enorme mundo de hijos de puta.
Yo te traería la luna lunera, o el sol,
o la playa paradisíaca de la que siempre
sueñas.
Te pondría entre las manos el amanecer
de un día prometedor, con todo por llegar.
Sin embargo, lo único que me importa
ahora mismo
siempre
es que de nuevo,
siempre,
me beses, y sonrías,
y cantes mientras cumples
con los agotadores cotidianos
como tú haces, como
siempre
has hecho,
derrotando a este puto mundo
con la fuerza de tus canciones.
Las canciones. Quiero tus canciones.
No tu silencio.
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